Después de la elección de Trump en EEUU, un conocido me dijo:

“¡Hay gente que está votando en contra de sus propios intereses! A veces creo que no todo el mundo debería poder votar…

Me quedé muy sorprendido y algo afectado con esta última frase. “¿Qué hay de la inclusión y la realidad compartida?”, pensé. Al mismo tiempo entendí que él se sentía desesperado ante lo que veía como una injusticia. Y cuando nos sentimos así, a menudo buscamos desesperadamente cambiar las cosas, y normalmente con acciones desesperadas.

Igual que hay quien opina que no todo el mundo es lo suficientemente algo (¿maduro? ¿bien informado? ¿blanco? ¿hombre? etc.) para votar, hay personas que podemos dudar de si incluso el propio acto de votar sirve para algo o no.

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VOY A VOTAR.

Mañana empiezo…
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Lo que está claro es que parece haber un cierto cansancio y cinismo respecto a la democracia tal y como está funcionando (o a veces no funcionando).

En estos tiempos de tremenda polarización entre bandos, donde las elecciones a nivel global parecen estar cada vez más reñidas, con resultados acercándose al 50%-50%, la amenaza de que salga votado el bando que no nos gusta está cada vez más presente.

Y eso hace que haya “volantazos” cada vez más pronunciados hacia la izquierda o la derecha según los resultados: más peligro percibido y más incertidumbre. Más ajustes de cuentas políticos por represalias pasadas. Más extremismos que crean reacciones más extremistas.

En definitiva, cada vez parece más cierto eso de que “la democracia es la dictadura de la mayoría”. Y cuando la mayoría cada vez es más incierta y las relaciones entre los partidos cada vez menos cordiales (por decirlo suavemente), hay un mayor incentivo para consolidar el poder cuando lo tenemos y hacer lo posible por desestabilizar al otro cuando no. O sea, instalarnos en relaciones de dominación en las que el otro bando es simplemente un obstáculo.

Es fácil verlo en el ámbito doméstico:

Imaginemos una familia donde la madre y el padre están haciendo todo por salirse con la suya, discutiendo a gritos y lanzándose “zascas” constantemente. Seguramente no sería el entorno más propicio y saludable para el cuidado de las personas a su cargo.

¿No pasaría lo mismo cuando los partidos también lo hacen? ¿Y las personas a su cargo, o sea la ciudadanía, no seríamos las que acabamos sufriendo las consecuencias de esta falta de diálogo y colaboración?

Me parece que como sociedad global estamos dando con los límites de nuestra manera de hacer y de relacionarnos.

La democracia tal como la conocemos ha sido ganada con sangre y sudor a través de generaciones y significa un avance colosal respecto a otros sistemas de gobierno. Es con toda probabilidad lo mejor que hemos encontrado hasta la fecha.

Al mismo tiempo, y sin que esto le quite valor, no quiere decir que sea lo mejor que vamos a encontrar nunca. No es un punto final. A medida que evolucionamos, seguramente iremos encontrando nuevas estrategias que cubran cada vez más necesidades.

La alternativa a eso es dejar atrás el presente para volver al pasado.

O sea, ir de la dictadura de la mayoría a la dictadura de la minoría.

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Dejar atrás el presente
para ir al futuro
¿o para volver al pasado?
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Darnos de cabezazos contra los límites de nuestro sistema es muy frustrante.

Al mismo tiempo puede ser un signo de que estamos a punto de dejar atrás el presente para ir al futuro. Tal vez nuestra manera de ver y relacionarnos necesite cambiar para encontrar procesos más eficaces y eficientes, a la vez que más inclusivos.

Sin eso, difícilmente podamos tener un futuro compartido sobre el planeta.

 

Raed El-Younsi es emprendedor y divulgador de Comunicación NoViolenta.

También es co-fundador de simple.cat con Enric González-Hidalgo y co-autor del libro «la corazón, o el arte de poner orden sin dar órdenes» con Roxana Cabut.